Pecados del desierto 5
Luna Roja
Pecados del desierto
Recuperado y adaptado de la tradición oral de multiples poblaciones cercanas a la zona. Todas solicitaron que no se revelara su identidad.
Capítulo 5. Un mar negro.
Una gota de sangre escurría por su mejilla. El rojo
néctar siguió su trayectoria, detuvo un poco el paso en las comisuras de sus
labios y lo reanudó hasta su fina barbilla.
Era medio día y
hacía un calor insoportable en la plaza de mercado. Su cara, llena de bultos
que insultaban su belleza física no lograban corromper su nuevo porte señorial.
Una nueva piedra golpeó su mejilla. Ella no se inmutó.
-Bruja!
-Hereje!
Los gritos no cesaban. En la multitud enardecida no
había nadie que pareciera atender su advertencia. Todos seguirían obrando mal,
no importaba el qué, se les veía en los ojos. Los últimos rastros de honradez y
respeto genuinos murieron con sus padres, a los que no había podido acompañar
en su último trayecto. O eso creyó.
-Alto!!¡Dejad
en paz a esa pobre niña! -gritó un anciano que se interpuso entren los
proyectiles y ella- más bien deberíais hacerle caso. ¡Todos tenemos pecados
terribles sobre nuestras espaldas! Yo por ejemplo…-se hizo una pausa de casi
medio minuto. El rostro de Lun’a permanecía intempestivo pero su corazón era
inundado por una curiosidad cuyo origen no se explicaba-Yo por ejemplo
participé en una mentira horrorosa que acabo con la vida de una gente buena.
Tenían una niña, pobre niña, a esta fecha tendría la misma edad de…
En ese momento
ambos lo comprendieron. Él era Assad’yi Sham’i, uno de los causantes de su
desgracia. Tomando conciencia de cómo la vida lo había puesto en una situación
tan terrible como improbable, no tuvo otra que arrodillarse y ofrecer su vida.
El resto del pueblo se rio de él, pero Lun’a, que sabía lo que venía a hacer,
muy lejos de su zona de confort, terminó dejando vivir a la única persona que
deseaba matar.
Empezó a llover
de abajo para arriba gotas de una sustancia negra y aceitosa. La gente intentó
huir, treparse de los tejados de las casas, construir algo improvisado para
flotar. Era inútil, la sustancia que brotaba no era agua y todo se hundía y era
tragado por ella.
La zona se
empezó a considerar maldita para viajeros y comerciantes y se decía que los
hombres que se extraviaban por la zona desaparecían para luego ser avistados a
lo lejos, cubiertos por unas extrañas marcas color rojo y un comportamiento
errático.
Era tierra de
nadie, un lugar olvidado de las manos de los dioses, a excepción de una quién
cimento su trono en el dolor, en los huesos de hombres y mujeres el día que en
pleno día el cielo oscureció y surgió la luna roja sobre un mar negro como la
pez.
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