Pecados del desierto 4
Luna Roja
Pecados del desierto
Recuperado y adaptado de la tradición oral de multiples poblaciones cercanas a la zona. Todas solicitaron que no se revelara su identidad.
Capítulo 4. Duda.
-Quítate el Hijab.
-No!
La luna llena asomaba por uno de los vitrales del
templo.
-Hazlo.
-Va contra aquello que mis padres me enseñaron.
-También lo estaba robar. Además, es el dios de tus
ancestros quién te lo dice. Ahora obedece antes de que me arrepienta de haberte
escogido.
-mmmh…supongo que no tengo opción.
La escena se
había repetido por casi siete años diariamente por distintas razones. Al
principio Lun’a se resistía más, pero la consciencia de quién o mejor dicho qué
era lo que la tenía cautiva que había ido sedimentando durante su tiempo allí
la disuadió casi hasta la resignación.
-Sé que he sido duro contigo todos estos años, pero
eso ya no será más.
La joven se sobresaltó ante estas palabras.
- ¿Qué quieres decir?
- Si te he enseñado bien deberías descifrarlo por tu
cuenta.
La chica lo pensó unos segundos.
-Tú no puedes hacerme esto, no después de todos estos
años, no puedes irte de nuevo, así como así ¿qué no aprendiste nada la última
vez?¡No seas idiota!
- ¡MODERA TU TONO, NIÑA!
El ser divino empezó a condensar su forma física
intimidando a la pobre muchacha.
-No obstante-dijo un poco más calmado – tienes razón,
al irme aquella vez del plano mortal sin tomar precauciones, perdí el derecho a
mi puesto. Por eso te pedí que te quitaras ese trozo de tela. Ya no tienes que
cubrir tu cabeza ante los dioses. Ya somos tus iguales.
Dicho esto, y antes de que Lun’a pudiera reaccionar,
el ser astral se abalanzó sobre ella en forma del humo rojo del día en que se
conocieron. Ese instante quedaría grabado en su memoria para siempre, pues
mientras la sustancia se iba pegando a los pliegues de su piel, entrando por
cada uno de sus poros empezó a sentir en su mente el conocimiento y las
experiencias de miles de millones de años y en su alma la ira primigenia y la
sed de justicia que superaba cualquier corazón humano. Toda esa nueva
información, todas esas emociones rompieron momentáneamente su razón y temió
desaparecer para siempre reemplazada por este nuevo ser. ¿Debía acaso dejarlo
ser? Después de todo, había cedido tantas cosas estos años que hasta su vida
parecía importar poco ya. Quizá era cuestión de dejarlo ir. ¿Era necesario
seguir con esa farsa? ¿Servía de algo? No supo responderse. Vida, muerte, es
parte de un todo. Ya empezaba a darse por vencida. Pero entonces lo sintió, esa
sensación más fuerte que mil tormentas de arena que bullía dentro de ella,
misma que en otro momento la obligó a robar. Algo en ella gritó ¡NO!
Abrió los ojos
y tomó el control.
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